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Saqueos en Londres: Opiniones de un Argentino en Hackney

por Alejandro Milcíades Peña desde | 11.08.11
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¿Twitter y BlackBerry culpables de los disturbios en Londres?

Un hombre registra con su teléfono celular los incendios que azotan Londres. Para la policía, son un medio para incitar a la violencia.

La mañana de antes de ayer, leyendo el diario en la computadora, me enteré de los disturbios en Tottenham y que habían quemado un edificio. Me llamó la atención, las fotos impresionaban, y la justificación era que un chico de raza negra, Mark Duggan, había sido asesinado por la policía.

La calle estaba como siempre acá en Hackney, un barrio multi-étnico donde parejas jóvenes blancas se mezclan con estudiantes y artistas, comunidades vietnamitas, jaimaquinas, nigerianas e hindúes, y con algunos sectores más empobrecidos, es cierto, pero no muy distinto de cualquier barrio londinense.

Seamos claros: es un barrio con sectores empobrecidos para los estándares del oeste Londinense, donde vive Madonna, no los de la Argentina. Con esto quiero decir que la enorme mayoría es una clase media acomodada, donde, como en la mayoría de la ciudad, todo el mundo tiene su auto, su laptop, su iphone, donde no hay nada remotamente parecido a una villa, y donde los no tan clase media tienen sus masserattis, jaguars y porsches estacionados en la vereda (ya que BMW, Audi y mini Cooper son de consumo más popular).

Al margen de casos muy puntuales, dista mucho de haber hambre o indigencia. La seguridad no es un problema tampoco: la gente deja las bicicletas en la calle (atadas, no exageremos), no hay rejas, y he caminado por la plaza de London Fields a cualquier hora de la noche mientras chicas en calzas corren ensimismadas en sus ipods.

Ese día, como cualquier otro, me fui en bicicleta a la facultad. Para dar una idea, Hackney está a 20 minutos en bicicleta de la City Londinense, donde se amasan y deshacen fortunas billonarias día tras días desde hace 150 años. Alrededor de las cinco de la tarde una compañera turca me dice que hay disturbios en Hackney, y que los negocios están cerrando en Stratford, otro barrio más hacia el este.

Miro la BBC en la compu y efectivamente, en pleno día parece haber disturbios por todos lados, mientras que imágenes del centro de Hackney muestran una confrontación entre la policía y un grupo de personas en el medio de la calle, rompiendo vidrieras, gritando, saqueando un desafortunado camión de mudanza que quedó atascado en un mal lugar en un peor día.

Dejo conectada la BBC y veo que la cosa va en serio, en otros barrios hay coches prendidos fuegos, saqueo de locales, incendio de algunos edificios. Comparado con la calma tradicional la situación parecía irreal. Leo que en están atacando a periodistas y gente twitteaba que pandillas atacaban transeúntes y robaban al paso.

Aclaro: la idea de que alguien te robe la bicicleta con vos arriba es prácticamente impensable. Bueno, pienso, es hora de irse a casa. Quiero evitar pasar por el centro, ya que el camino es justo a través de todos los puntos de conflicto, la idea de un botellazo inmerecido me tentaba poco. Pedaleo hasta una estación de overground, algo similar al premetro, me subo con bici todo y sigo hasta la estación siguiente para evitar la parte central.

Al bajar, el ruido de varios helicópteros sobrevolando el área impregnaban el panorama de tensión, y las diez cuadras hasta casa no eran muy prometedoras: negocios con las persianas bajas, un fuerte olor a humo viniendo desde el centro y la calle particularmente vacía, sumamente inusual en un día de calor y sol en Inglaterra. Pero en el pub de la esquina la gente tomaba sus pintas habituales en mesas en la vereda, como todos los días.

Cuando llego a casa y veo las noticias el panorama era bizarro: calles por donde camino todos los días pobladas por fuerzas de choque de la policía mientras hordas de chicos los increpan tirando piedras, quemando coches, y robando un ‘off licence’, unos mini-mercados independientes que están por toda la ciudad y venden lo básico. La persiana está destrozada y decenas de chicos encapuchados entran y salen con botellas de alcohol y cigarrillos (que valen 10 dólares el atado de 20). La policía espera, los corre, los otros retroceden. Se incendia otro auto, se destruye otra vidriera. 

Y acá valen varias aclaraciones. Primero, que los bobbies, la policía que patrulla las calles, no está armada. Tienen sus esposas, su radio, su gorro simpático, su moderno palito para abollar ideologías, y listo.

Del otro lado estaban los hoodies, como se les dice acá a ciertos grupos por su hábito de usar capucha, con pasamontañas o bufandas sobre el rostro. Pero hay un detalle; los hoodies son jóvenes, muy jóvenes, en general alrededor de los 16 para abajo. Son los hijos de los pobres del primer mundo, que sin ser carenciados son marginales, sin pasar hambre, ni frío, ni vivir en una villa, o dormir en una plaza o bajo un puente del San Martín. Tienen sus blackberries (que son gratis con planes de 15 libras por mes), sus dvd, sus computadoras, van al colegio y hasta tienen auto. Pero no son parte de la middle class inglesa, educada, viajada, profesional.

Los hoodies son de todas las razas, en el norte de Inglaterra perfectamente blancos y sajones, pero es cierto que en Londres son mayoritariamente de raza negra. Encarnan a los excluidos de este lado del mundo: no van a la universidad, no viajan a Asia, tienen alto desempleo, alto (altísimo) embarazo adolescente, toman mucho y desde temprano, y tienen chances casi nulas de ascenso social.

No son materialmente pobres; reciben seguro de desempleo, subsidios de vivienda, y muchos de ellos posiblemente tienen un ingreso monetario mayor al de un estudiante de doctorado como yo. Pero no dejan de ser pobres en tanto carecen de capital cultural y de acceso social. Y lo saben. Acá como en Argentina su forma de vestir, de caminar y de hablar los identifica y los sitúa socialmente en un estamento.

A las once de la noche el pub de la esquina dio la campanada de última ronda, y media hora después la que cierra la barra. Otra media hora y estaba cerrado. Me quedo mirando noticias, cada vez más caóticas, sobre pandillas atacando distintos lugares. Alrededor de la una escucho gritos y ruidos desde la esquina. El pub, pienso, vinieron por el pub. Nos asomamos y efectivamente unos diez pibes encapuchados usaban palos y los bancos del propio pub para romper las ventanas. Trato de llamar a la policía; sabía que era inútil pero igual traté, y el contestador me avisa de mi espera superaba los cinco minutos. Corto; todo iba a terminar en mucho menos. Dicho y hecho: los vecinos y los dueños, que viven arriba del local, salen a la calle, gritan, insultan y los chicos corren por una calle paralela. Cuatro camionetas de la policía pasan en persecución. Luego llega un patrullero a mirar los destrozos. Los vecinos en la calle, yo mirando por la ventana, charlas, caras frustradas, empiezan a juntar los vidrios y a buscar las sillas y las banquetas. Un rato más tarde empiezan a tapiar con maderas las ventanas destrozadas. Esto, en distintas escalas, pasa en toda la ciudad.

Supongo que analizar el porqué no es tan sencillo. Se discute si es el sistema excluyente, el exceso de mercado y consumismo, el recorte del estado de bienestar, la crisis financiera. Se señala la muerte de un chico negro por la policía como disparador de un conflicto más profundo. No me queda duda que la situación de anomía de muchos jóvenes frente a una sociedad que les baila en la cara inalcanzable, tiene mucho que ver. Pero seamos sinceros: a pesar de la violencia, el sufrimiento y el caos, los saqueos en Londres mantienen ciertas características muy ‘primer mundistas’ si se permite un término tan poco feliz.

Esto tiene varios componentes. Por un lado el nivel de exclusión y marginalidad, de necesidad y desesperación, es sustancialmente más bajo que en América Latina y Argentina. Muchísimo más bajo. Aún una sociedad como la inglesa, que dista de la igualdad de la social-democracia nórdica, es mucho más igualitaria e inclusiva que la nuestra. No es ideal, pero están bastante, bastante mejor. A su vez, así como la policía no está armada, tampoco lo está la sociedad, criminales y saqueadores incluidos. Esto baja el riesgo de llegar a extremos demasiado rápido.

Tampoco hubo entradas a casas particulares. Pase lo que pase hoy, excluyendo aquellos que han tenido terrible daños materiales o físicos, la ciudad es segura, y lo va a seguir siendo. La gente ata sus bicicletas en la calle y los autos siguen estacionados como siempre, afuera. No vi una sola vivienda que haya tapado los ventanales. En el pub de la esquina, a las nueve de la noche, menos de 24 horas después de que trataron de saquearlo, la gente está sentada en sus mesas en la vereda, tomando sus cervezas y sidras, con chicos jugando. Imagino que en el Big Ben los turistas deben seguir en lo suyo plácidamente disfrutando de un lindo día de verano.

También veo que estos eventos, a pesar de su disparador, distan mucho de ser una expresión política o anti-hegemónica. Ni es el 2001 argentino, ni el 15-M español, ni la revolución en medio oriente, ni las protestas de los estudiantes chilenos, ni nada que se le parezca. Nadie está en contra del sistema, a lo sumo se quejan de no estar tan adentro como les gustaría.

El objetivo de los saqueos no fue McDonalds como emblema del imperialismo yanqui, ni los supermercados, ni los bancos y el sistema financiero, ni fue un tema puramente racial como en Paris.

Es más, era evidente que ni siquiera tenía que ver ya con la muerte del chico en Tottenham. Estos chicos robaban alcohol y cigarrillos, LCDs y plasmas, ropa deportiva, teléfonos inteligentes y casas de música. Prendieron fuego una mueblería. Atacaron la vidriera de un negocio de jugos naturales cuando al lado había una tienda con bicicletas de varios miles de libras, atacaron el pub de la esquina cuando realmente dentro no hay nada valioso, más allá de la cerveza, las chopperas y varias latas de papas fritas.

Peor aún: robaron dentro de sus propias comunidades, no los negocios en el West End, en Mayfair o Belgravia, no, el almacencito de enfrente, manejado por su vecino. 

Hubo un fenómeno de masa, de ver que se podía y que la policía no sabía qué hacer, motivado en parte, como dijeron dos chicas en la tele, porque “era divertido”, para mostrarle a la policía y a los ricos (como los dueños de pubs de barrios y almacencitos, supongo) que podían hacer lo que querían. Algunos van a ir presos, deteriorando aún más sus chances de una vida mejor. La mayoría no, pero mañana o pasado ya no va a ser tan gracioso o no van a tener tanta bronca, o sí, pero poco importa. Es posible que sigan allí, en los márgenes, un recordatorio de que el primer mundo dista mucho de ser perfecto, y de que la pobreza es también relativa. 

Alejandro Milcíades Peña
Argentino, viviendo en Hackney hace 2 años
Ingeniero Industrial (ITBA), Maestría en Sociología & Ciencia Política (FLACSO), Candidato Doctoral en Política Internacional (City University London)

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