Rimas y espejismos en la fotografía de Alfonso Castillo
17.02.12
En esta muestra el artista retrata arquitecturas y escaparates, con el foco puesto en los maniquíes.
Alfonso Castillo presenta "La persistencia y el juego", una serie de fotografías realizadas en los últimos años a lo largo de sus viajes por el mundo.
El artista Alfonso Castillo presenta "La persistencia y el juego", una serie de fotografías realizadas en los últimos años a lo largo de sus viajes por el mundo, pero con la óptica puesta en el espacio urbano y el detalle, en la sala J del Centro Cultural Recoleta.
Esta exposición con curaduría de Victoria Verlichak, se desarrolla en un montaje particular que ocupa todas las paredes de la sala, con ampliaciones, gigantografías y repeticiones, donde el fotógrafo crea un caleidoscopio de imágenes que se acercan a la abstracción y adquieren un ritmo propio.
Alfonso Castillo (1934) se acercó a la fotografía a los 13 años cuando su padre le regaló una cámara de cajón. Desde esos primeros tiempos de juego y experimentación, con el laboratorio en casa, su interés se fue acrecentando y esta técnica lo ha ido acompañando en su recorrido por distintas ciudades y la de sus dos residencias en Buenos Aires y Guatemala.
Gran material acumulado en cajas de negativos y diapositivas, impresiones en papel y archivos digitales, da cuenta de su pasión por la fotografía que lo lleva a fundar en 1995 junto a su mujer Luz, una de las primeras galerías en el país dedicada a esta disciplina.
Sus obras forman parte de colecciones privadas de Europa, Estados Unidos y América latina como así también del Museo Nacional de Bellas Artes y del Museo Presidencial de la Ciudad de Guatemala.
En esta muestra el artista retrata arquitecturas y escaparates, con el foco puesto en los maniquíes que corporizan el deseo o la fantasías, en una especie de metonimia entre la decoración de vidrieras y algunas de las instalaciones contemporáneas que se valen de estos clones de tergopol para sus enunciados e imaginerías.
De esta forma propone una referencia de ida y vuelta que se retroalimenta, mientras estas cabezas sin rostro, muñecas de cartón piedra esperan tal vez, como en la canción de Serrat, ser rescatadas.
Lejos de una mirada antropológica, el artista apunta su lente hacia los mercados populares, y rescata como recursos de un pintor formas y texturas abigarradas, creando un colorido tapiz a partir de la materia de una realidad recreada por él. Replica formas, contrapone y hace correspondencias en atmósferas que artificiales emulan a la naturaleza.
En este juego de intercambios tal vez se interrogue acerca de las rutas oblicuas de las mercancías y los a veces inescrutables caminos de la mirada.
El artista elige retratar de la arquitectura racionalista, rincones y cielorrasos, luces y aristas que determinan nuevas composiciones, que recortadas funcionan independientes como visiones propias de un "arte madi", o del "nuevo realismo" surgido en la Europa de los años 20 y 30, a partir de la influencia del Cubismo y la Bauhaus, como desconstrucción de la imagen y el destaque de formas puras y los detalles.
Con esa tónica vemos el reflejo de unos edificios sobre las paredes de vidrio de otros, cuadrículas deformadas, paisajes pasados por agua que flotan desdibujados en los mosaicos transparentes de sus vecinos de enfrente. Un juego de espejos que transforma lo rígido en blando y nos devuelve una realidad líquida.
Castillo propone rimas y correspondencias obviando la presencia de los cuerpos, inclusive en los autorretratos donde se representa en acción y no como fisonomía al punto tal que en una toma directa, que parece un truco, se lo ve reflejado sin cara y dividido en dos.
Con recortes, rimas y repeticiones, distorsiones de las referencias, virtualidad y espejismos que ya forman parte de los paisajes urbanos, Alfonso Castillo nos revela las partes de un todo que acaso no exista.
















