Cultura

Entrevista a Carnaghi: “Discépolo es nuestro Shakespeare”

por Mariana Ballestero desde | 26.12.11

Notio dialogó con el actor en el Teatro Cervantes. Su pasión por los libros. Su visión de la pobreza y sus proyectos para 2012.

RECOMIENDE ESTA NOTA
Su Nombre
Su Email
Email destinatarios (separar con comas, máx 5 destinatarios)
500 caracteres Comentario (opcional)
Roberto Carnaghi

Notio dialogó con el actor en el Teatro Cervantes. Su pasión por los libros. Su visión de la pobreza y sus proyectos para 2012. Foto: Martín Chilla Freund.

Notio entrevistó a Roberto Carnaghi, uno de los actores más destacados y queridos del momento. Nos recibió en la sala María Rosa Gallo del Teatro Cervantes, sonriente y tomando un café con leche. Pasamos un momento encantador charlando sobre su infancia, sus raíces italianas, su relación con los libros, la falta de autores que aborden el tema de la miseria, la “tracción a sangre humana”, Armando Discépolo y Mateo, la obra que dio inicio al grotesco y que luego de la despedida del 2011 vuelve en febrero.

- Te veo entretenido con los libros. Empecemos por ahí.

- Puedo hablar horas sobre mi relación con los libros. A diferencia de la computadora, el libro te da más posibilidad de imaginar un mundo distinto. Los libros de aventuras, las novelas y las revistas, me atrajeron desde muy chico. Me acuerdo que ya desde segundo grado me empecé a comprar revistas y las guardaba. Y a partir de las revistas también empecé a leer libros y novelas, a los siete u ocho años, y se las contaba a mis amigos. Cuando venía el verano nos juntábamos en casa, yo sacaba mis libros y las revistas con mis compañeros y se las contaba, en pleno verano, cuando hacía mucho calor.

- ¿Te acordás qué revistas comprabas?

- Sí, ya te lo puedo decir. El rayo rojo, ojalá las hubiera tenido todavía, mi viejo me las tiró todas. Pero como me dijo un amigo, “los libros no se comen”… Lástima, hoy costarían una fortuna. El rayo rojo era una, me acuerdo de esa porque la compré desde el primer número. Misterix también, pero no recuerdo si compré el primer número. No leía El Pato Donald sino de vez en cuando, si caía en mis manos. Las revistas que yo compraba estaban más o menos por ese lado. Después, ya un poco más grande, compraba Vea y lea, a eso de los once o doce años.

- ¿Tenías tu propia plata?

- Yo vendía cosas, no solamente yo, todos en el barrio. Éramos muy humildes, mi padre era carpintero, no tenía plata para darme, entonces yo trabajaba en el verano, cuando venían las vacaciones. Tenía algunas moneditas que me daban y después, vendíamos papel, vidrio, hueso, hierro, plomo… Y con eso juntábamos dinero para ir al cine o para comprar los libros de la Editorial Tor que eran los más baratos. Todavía tengo algunos, que no me los tiró mi viejo de casualidad.

En primero inferior y primero superior fui a una escuela pública de Villa Adelina. Pero ya en segundo grado mi viejo me mandó al Santa Isabel, de San Isidro, una escuela prestigiosa de curas salesianos. Iba mañana y tarde y después hacía los deberes en casa. Era una escuela paga. Le costaba gran esfuerzo a mi papá, no era barato, pero lo hacía para que tuviera una mejor educación. Y quizá porque vio que yo era un gran lector, que compraba libros y revistas, que hacía cosas que por ahí tal vez él no había podido. Mi viejo era italiano y no había ido a la escuela, llegó acá a los diecinueve años y a prendió a leer y escribir en español.

- ¿Cómo surgió tu vocación de actor?

- El libro me dio esa posibilidad. El libro y el cine, porque yo no veía teatro en esa época. Yo digo que la lectura y el cine me llevaron al teatro. Soy actor porque iba al cine y cuando salía, salía con la cara del actor. En mi barrio no había cine, no había teatro, no había nada. De vez en cuando venía algún circo. Teníamos la radio. Hasta que tuvimos televisión, pasó mucho tiempo. Íbamos a un bar a ver televisión y estaba bueno porque nos juntábamos para eso. La gente se juntaba en casas donde había televisor, cada uno llevaba algo para comer y se armaban reuniones familiares o de amigos del barrio para ver determinados programas.

Y volviendo al tema del libro, yo fui un gran lector y creo que también fui actor debido a eso, a lo que yo imaginaba con esas novelas. Tanto Alejandro Dumas como Julio Verne, Zola, Víctor Hugo, fui subiendo en la escala de lo que leía al comienzo

- ¿Cómo encaraste Mateo, tu reciente obra en el Teatro Cervantes?

- Mateo tiene que ver con la época, la obra es del año 23, y de alguna manera, tiene que ver con lo que pasa ahora con la gente marginada, con la gente que sufre. Cuando hablábamos con Guillermo Cacace, el director, decíamos que hacer la puesta de la obra como se hizo cuando la escribió Discépolo no tiene mucho sentido. Tiene sentido en la medida en que la obra suene hoy en este espacio. Hoy tenemos el hecho de la gente que se ha quedado sin trabajo en la época menemista, cuando se empiezan a cerrar las fábricas… Empieza con los militares también pero digamos que el menemismo le puso el punto final, con las privatizaciones y el cierre de las fábricas, del famosos salariazo que nunca existió y que hubo mucha gente que se quedó sin laburo. Ahí comienza la gente revisando la basura y después termina con los cartoneros, ya en la época de De la Rúa, cuando se organizan.

Aparece la figura del cartonero. Si bien en el año 23 estaba el caballo y hoy la tracción a sangre está prohibida, tenemos tracción a sangre humana. No hay tracción a sangre animal, pero cualquiera puede ver a los tipos tirando el carrito por la calle. Hay autos que pasan despacio, otros que les tocan la bocina. Ese tipo, no lo hace porque le divierte. No es un tipo que está chocho de la vida haciendo eso, que no tiene ganas de laburar, está ganándose el mango. ¡Hay que laburar para ser cartonero!  Estar ahí, bajo la lluvia, con el carrito, juntando el cartón… Y un poco, nosotros contamos eso, pero la obra sigue siendo exactamente la misma. La diferencia está en el espacio donde lo ubicamos.

Igual, pero diferente…

Es que Mateo tiene que ver con el ser humano, con el trabajo, con el problema generacional y las peleas con los hijos y con los valores que tiene un hombre de una gran decencia. Cuando el funebrero le dice “Me rechazaste un vaso de vino porque sabés que yo…”. Como se robaba en aquella época, no es que él fuera a robar sino que ponía el coche, el carruaje, que era lo que hacía el funebrero, ponía el carruaje para que los otros pudieran salir a robar ropa. En esa época se robaba ropa, alfombras, no es que robaban dinero, en general, sacaban eso… eran ladrones de gallina, digamos, lo que manoteaban ahí cuando veían un lugar donde podían robar alguna cosa al paso, y si encontraban plata, a lo mejor, si se metían en una casa que estaba vacía se la llevaban, pero no era lo más común.

- ¿Cómo es tu personaje, Miguel, el cochero de Mateo?

- Miguel es un tipo decente, un tipo honesto, que vive en un mundo moderno que se ha modificado, ha cambiado y él está viejo ya para adaptarse a ese cambio. Ya no puede manejar un automóvil, tiene 60 años. Es como si hoy, a un tipo de 60 años, le digan que para mantener su trabajo tiene que manejar una computadora. Miguel no quiere ser chofer de automóvil, porque además tiene un mandato, el abuelo fue cochero, el padre fue cochero y es un mandato que cumplió toda su vida. Es su identidad. Son sus raíces y han durado siglos. El carruaje viene de la época de los romanos. Entonces, que de pronto, un día le empiece a aparecer el automóvil y se vaya quedando sin laburo, es un drama. Debe plata y sale a robar. Con todo el dolor del alma.

- Ahí surge el tema de la desesperación…

- Y ése es un poco el tema de la obra. ¿Qué crea la desesperación? Cuando vos no tenés qué comer, cuando no tenés morfi, podés hacer cualquier cosa. Yo vi en la televisión un programa sobre la gente que iba al CEAMSE a revolver la basura y le hicieron un reportaje a un tipo que trabajaba en la recuperación del cartón, en una cooperativa de reciclado. “Yo trabajaba en una fábrica y cerró y tenía hijos y había que darles de comer. Uno comía lo que había ahí, pero ellos no pueden comer eso. Porque yo me pongo un antibiótico cualquiera y me solucionaba el problema o vomito…” Era terrible lo que contaba… “pero a mis hijos no puedo darle una carne del CEAMSE”. Entonces vos decís ¡a qué nivel hemos llegado! El tipo había trabajado en una fábrica. El reportero le preguntaba - “¿Usted ha robado?” y el tipo contestaba - “Si, he robado”. Entonces le repregunta: “¿Y ahora, está trabajando?”. –“Sí, ahora estoy trabajando, estoy bien, hace tres años que estoy acá”. Yo a este tipo lo veía, y veía que hablaba bien, que no era un malviviente, no era borracho, ni nada por el estilo.

Y el tipo que había organizado esa cooperativa, era un tipo que había estado en el CEAMSE, también había ido a basurear. Era un hombre grande y en un momento se puso a llorar, diciendo a dónde él había llegado ahora que era el que organizaba esto, cómo distribuía el trabajo y demás, y yo me dije “este tipo es mi personaje”. Este tipo en Mateo es Miguel. Con la cara  de un tipo duro, que ha sufrido, y que de pronto le salen las lágrimas, porque se emociona con lo que había conseguido. Y yo creo que de eso se trata Mateo.

-  ¿Cómo fue para vos la experiencia de encarnar un personaje de Discépolo?

- Armando Discépolo es nuestro Shakespeare. Discépolo es un autor del carajo. Miguel es un personaje emblemático. Yo soy hijo de italianos y en mi en mi casa fundamentalmente funcionaba lo italiano, no porque mi viejo fuera tano sino porque la familia de mi mamá, que eran siete mujeres y dos varones, todas las mujeres se casaron con tanos, menos una, y todos eran amigos o parientes. Entonces las fiestas eran italianas, se cantaba en italiano, se bailaba, venía alguien con un acordeón a piano y tocaba y se contaban anécdotas.

Cuando empecé a hacer esta obra, automáticamente salió esta afinidad con el personaje, con este lenguaje, con esta relación. Mi papá no era para nada así, mi viejo era un tipo que jamás levantaba la voz. Hablaba muy poco pero era de mirar y se hacía lo que decía con una seña, nada más. Era un tipo muy duro, laburador a muerte, pero mis tíos eran más divertidos. Yo nací en Avellaneda y viví ahí hasta los cinco años. Barrio de laburantes, lleno de tanos, no teníamos miseria pero veía ese mundo que cuenta Discépolo. Los tíos tenían una piecita, cada uno tenía un colchoncito, dormían en el piso cuando venían, había una cosa así en la familia. Así apareció una identificación con esa época, que creo que a los chicos más jóvenes cada vez se les hace más difícil imaginar.

Quizás por eso se hace menos este tipo de teatro grotesco. Esta es la obra con la que Discépolo inicia el grotesco, como una forma de contar cómo cantaban, lloraban, se reían y se peleaban a los gritos. Y así, cómo se puede pasar de una cosa a la otra rápidamente. De la furia a la ternura. Y yo algo tengo también de eso. Son recursos que veo que puedo poner ahí. Como de un momento a otro se puede hacer barbaridades incluso, en un momento de violencia.

- Una forma de mostrar la violencia cotidiana que genera la sociedad

- En mi época, los maestros pegaban. Una vez uno me dejó los dedos marcados. Cuando estaba en cuarto grado, en otra oportunidad,  me mandaron a sexto porque el tipo te hacía poner los dedos y te pegaba con una varita de mimbre. Y no estamos hablando de hace doscientos años. Había un nivel de violencia en ese sentido.

Por supuesto que mis viejos no eran felices, ni mis tíos eran felices. Vinieron a la Argentina y a algunos les fue bien y a otros no. Recuerdo un tío mío poniendo una fabriquita de vidrio y terminando fundido y el hijo, lo mismo después, manejando un taxi, y toda una historia de tipos que luchan y que no salieron a robar, pero laburaban de sol a sol.

Yo iba a la escuela y los fines de semana laburaba, no sabía lo que eran vacaciones. Y cada cosa costaba, eso yo lo viví. Todos colaborábamos. Cuando mi tío edificó, yo le llevaba el balde, le hacía una mezcla y me escapada para ir a jugar a la pelota y me decía – “¡Roberto! ¿Dónde estás?” Y yo estaba en el potrero de al lado de mi casa jugando a la pelota. Pero era el laburo, había que laburar.

El hecho de traer el pan, que es lo que cantamos al comienzo: “Si abbiamo el pan y el vino…” Es decir, mientras haya comida, después de todo… Pero eso hace que también mientras está solamente eso, vos no podés crecer. Te convertís en un pequeño animal que vive todo el día para la comida. Los animales en la selva, están todo el día viendo a ver qué pueden morfar. Cuando morfó, se tiró. En cambio, el hombre tiene la posibilidad de pensar más allá. Pero si está todo el día laburando de sol a sol, como muestra Chaplin, ¿qué va a pensar? Llega a la casa y no da más.

- ¿Cuáles son tus planes y proyectos para 2012?

- Reestrenamos Mateo en el Cervantes el 9 de febrero y seguimos hasta mediados de abril. Recién terminé con Los Sónicos y voy a empezar a grabar con Ortega una tira muy linda para Telefé que se llama Egresados. Hago de tendero judío, marido de Mirta Busnelli, con Nancy Duplaá. Más no te puedo contar.

Roberto Carnaghi saluda a los lectores de Notio.com.ar:

Otras notas que te invitamos a leer

El elenco de Mateo, según Carnaghi:

Mateo, con Roberto Carnaghi y dirección de Guillermo Cacace

Roberto Carnaghi y Mario Alarcón, en plena actuación en Mateo.

"Está Rita Cortese, una actriz maravillosa. Mario Alarcón, con el que he trabajado durante tantos años en el Teatro San Martín. Horacio Acosta, también. Y con Iván Moschner habíamos hecho “Tres Hermanas”. A Paloma Contreras también la había visto trabajar muy bien. A Agustín Rittano, lo vi en “Largo viaje de un día hacia la noche”. Con David Masajnik hicimos Shiloh. Max Berliner hace un papel increíble y conmovedor, Miguel Sorrentino como actor reemplazante, en fin, un elenco de grandes actores haciendo pequeños papeles". 

"Está David Seldes en la iluminación, Magda Banach en el diseño de vestuario y Félix Padrón en el de escenografía. Silvina Rodríguez como asistencia de dirección, Melina Ons en producción y una banda en vivo, con Francisco Casares, Juan Pablo Casares, Patricia Casares, Eliana Liuni y Demian Luaces. Música de la directora musical, Patricia Casares. Después apareció lo del canto, con letra de Guillermo Cacace".

" Es un grupo humano maravilloso que se permite equivocarse, aprender, trabajar en equipo. Se formó un espacio constructivo, con un director con el que me gustaría seguir laburando y una asistente bárbara. Yo valoro siempre el grupo, más allá del dinero".


Mateo es la primera pieza de su producción que Armando Discépolo calificó como grotesco. La obra, estructurada en 3 cuadros, se estrenó en mayo de 1923 en el teatro Nacional y fue muy bien recibida por el público y por la crítica que en sus comentarios elogiaba este nuevo lenguaje. Hoy, a casi 90 años Mateo sigue mostrando una vigencia contundente. 

“Miguel -dice Guillermo Cacace, su director- es un ser desesperado. En la desesperación, en el hambre, no se puede pensar y en la ausencia de un pensamiento crítico se dejará llevar por sus lugares más instintivos. Miguel- continúa el director- tan animalizado como su caballo por la circunstancia que le toca vivir, es funcional a la invitación a cometer cualquier acto que lo salve. Esta obra habla sobre una cultura que crea hombres anulados como tales en su desesperación. Miguel – agrega Cacace- podría ser presentado como una pobre víctima y eso tranquilizaría a la platea, sentirían piedad por él… No es lo que queremos, porque cuando estamos en la calle y los seres desesperados se nos acercan tememos… Discépolo no salva a nadie… no habla de ricos malos y pobres buenos. Se hace cargo de un asunto más complejo: de cómo se teje la trama de una sociedad que fracasa…”

Comentarios
La utilización que haga el usuario de la herramienta de publicación de comentarios, presupone la aceptación de las Condiciones Generales, y de las pautas establecidas en el presente reglamento.